vuelvo a pensar en aquellos poemas
que escribí durante años,
Eran versos cargados de nostalgia
de silencios húmedos y sentimientos lúgubres
como esas tardes grises de mayo que precipitan el anochecer.
Con el tiempo comprendí
que todos aquellos poemas
habían nacido del dolor
de los amores idos e ilusiones perdidas.
Eran palabras lanzadas sobre ausencias,
puertas cerradas
y nombres que ya no habitaban mi presente.
Entonces entendí que estaba invirtiendo mi tiempo
mi amor y mi talento
en cosas que ya no existían;
estaba regando jardines abandonados
iluminando con mi amor habitaciones vacías
esperando el regreso de una presencia
que hacía mucho se había marchado lejos de mí.
Pero ahora las cosas son distintas.
Cuando llueve
especialmente cuando el día comienza a claudicar
todavía aparecen algunas musas
que se cruzan en mi camino
con la misma belleza serena de ayer.
A veces quisiera cazarlas al vuelo
antes de que desaparezcan entre la bruma.
Otras veces, simplemente, las dejo seguir,
imperturbables,
su camino
pero no porque carezcan de mérito para quedarse
sino porque he aprendido
que los sentimientos nobles
merecen un refugio más digno.
De modo que las veo alejarse por la ventana;
las observo perderse bajo la lluvia
mientras guardo la esperanza
de que algún día regresen
cuando exista en mi vida
un nido mejor donde puedan posarse
un lecho más noble
libre de fantasmas
más digno de la belleza que traen consigo.
Hasta entonces, las dejo volar.


