sábado, 21 de febrero de 2026
sábado, 24 de enero de 2026
Aquí no hay negros
El mayor acto de racismo cometido contra los africanos y los afrodescendientes no fue la caza, la comercialización ni la posterior esclavitud. El mayor acto de racismo está ocurriendo hoy, en pleno siglo XXI, y consiste en borrar al negro incluso de la conversación, en invisibilizarlo, en negarle su rasgo más evidente y elemental: el color de su piel.
Le llaman corrección política, pero no es más que una vergüenza colectiva disfrazada de corrección política, porque nada que tenga que ver con la política es realmente correcto o bueno, ni siquiera decente. Le llaman inclusión, pero no quieren incluir al negro en el crisol de la humanidad, como si se tratara de una mancha que debe ocultarse. Es como si esta sociedad dijera en voz baja: “¿Negros? No, aquí no hay negros. Que nadie lo diga. Que nadie lo sepa. Que en ningún otro lugar del universo se enteren de que en la Tierra existen negros”.
El negro es negro y debe ser aceptado como tal. Sus logros deben ser visibilizados y celebrados como logros de un negro, no diluidos bajo etiquetas eufemísticas como “persona de color” o “afrodescendiente”, porque no llamar negro al negro es negarle hasta su propia existencia en el mundo real.
sábado, 17 de enero de 2026
Error de programación neuroemocional
Considero que es un error educar a los hijos bajo la premisa de que, si son buenos, el mundo los va a querer, los va a aceptar y los va a premiar. Es más conveniente educarlos con criterio propio, enseñarles a establecer límites sanos y respetuosos e inculcarles que nunca pierdan su dignidad por ningún motivo, porque el mundo no recompensa la bondad, sino que respeta la fortaleza integral del individuo.
martes, 13 de enero de 2026
Decepción
La decepción no viene de dar demasiado; viene de haber esperado justicia en un mundo que funciona por interés.do; viene de haber esperado justicia en un mundo que funciona por interés.
martes, 16 de septiembre de 2025
Esta noche
siento el peso del mundo en mis hombros:
el dolor, la amargura,
y esa batalla a muerte
entre vencer y dejarse vencer,
de los siglos por los que ha pasado mi vida.
Aunque no lo recuerde,
aunque ya no crea en vidas pasadas,
sé que un dolor milenario respira dentro de mí.
Busco entre mis libros
uno que me acoja,
que me comprenda
que parezca existir por mí y para mí.
Después intento escribir,
como el agua que, en la oscuridad de la noche,
trata de replicar
el hechizo del brillo de la luna
que se mece sobre su cuerpo.
Así es mi expresión:
imperfecta,
como el disco lunar distorsionado
en las ondas que serpentean en el agua.
Mis poemas
y las voces de mi alma,
que quisiera vestir
con los pulcros atavíos de la literatura,
se presentan en cambio
con los andrajos de mi torpeza.
No se parecen a lo que leo;
y aun así los entrego,
porque aunque me avergüencen,
me pertenecen.
Este soy yo:
desnudándome,
dejando a un lado la carga que me atormenta,
confesando, para descanso de mi espíritu,
que me encanta lo que leo
pero no me satisface lo que escribo.
Y no lo niego por modestia fingida
ni por patético pesimismo,
sino porque no alcanza
lo que anhelo, lo que aspiro.
En esta mística tarea
soy un niño que ensaya, con pasos torpes,
el andar cadencioso de los grandes.
Y aunque no lo parezca,
al decirlo me libero:
me acepto
y me perdono las líricas profanaciones
y digo —hasta mañana, o hasta siempre—.
Pero ahora,
esta noche,
a pesar del peso del mundo sobre mis hombros,
no siento la necesidad de rendirme
ante un derrotista “hasta nunca”.
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