El mayor acto de racismo cometido contra los africanos y los afrodescendientes no fue la caza, la comercialización ni la posterior esclavitud. El mayor acto de racismo está ocurriendo hoy, en pleno siglo XXI, y consiste en borrar al negro incluso de la conversación, en invisibilizarlo, en negarle su rasgo más evidente y elemental: el color de su piel.
Le llaman corrección política, pero no es más que una vergüenza colectiva disfrazada de corrección política, porque nada que tenga que ver con la política es realmente correcto o bueno, ni siquiera decente. Le llaman inclusión, pero no quieren incluir al negro en el crisol de la humanidad, como si se tratara de una mancha que debe ocultarse. Es como si esta sociedad dijera en voz baja: “¿Negros? No, aquí no hay negros. Que nadie lo diga. Que nadie lo sepa. Que en ningún otro lugar del universo se enteren de que en la Tierra existen negros”.
El negro es negro y debe ser aceptado como tal. Sus logros deben ser visibilizados y celebrados como logros de un negro, no diluidos bajo etiquetas eufemísticas como “persona de color” o “afrodescendiente”, porque no llamar negro al negro es negarle hasta su propia existencia en el mundo real.




