sábado, 20 de mayo de 2017

Cementerio de recuerdos

En la casa hundida en el silencio la única presencia conocida es un rayo de luz que se filtra por la ventana. 
Al desplazarme con cautela hacia la cocina tengo la impresión de que, en algún momento, salida de alguna parte, de atrás de una pared, como quien se asoma por una esquina de la calle, mi madre ha de aparecer inmersa en sus quehaceres, como cuando de niño la observaba, no sé si fascinado por su magnificencia, o indiferente en la seguridad de ser el niño de la casa.
No obstante, el silencio, más apabullante en la cocina, y el orden contra natura sobre la mesa y las alacenas me confirman que allí cada día, cada mes, cada año; quizás en aquella mesa donde muchas veces disfrutamos las meriendas improvisadas en las tardes de lluvias frías de octubre se sientan todavía los fantasmas de la infancia, junto a los venerables días transcurridos, preguntándose donde diablos hemos ido; y reprochándose haber pasado por alto los síntomas de la ambición disfrazada de sueños; y la vejez insidiosa que poco a poco nos carcomía; y que terminaron por echarnos de la casa hasta convertirnos en extraños de aquel hogar, tan dulce hogar. Y la casa, digna, aunque mustia, ya no es más que un cementerio de recuerdos.

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