martes, 2 de septiembre de 2014

Himno a la Granadera

Ya se ve, Patria mía, en tu oriente
Nuevo sol esparcir claridad,
Ya podemos con vez reverente
Pronunciar: Dios, Unión, Libertad.

Cambiarán ya tu vida y tu suerte,
Un solo hombre tus hijos serán
Ya entre ellos no habrá guerra o muerte
Y dichosos tu bien labrarán.

Ya podrás alcanzar pura gloria,
De tus próceres sueño tenaz
Y el laurel de tu esplendida historia
Sera signo de triunfo y de paz.

¡Salve, Patria! Tu hermosa bandera
Luce al viento, del cielo el color
A su sombra juramos doquiera
A vencer o morir por tu honor.

—Rómulo E. Durón

domingo, 27 de julio de 2014

Desamor en cadena

La habitación estaba en silencio. En la sala una joven hermosa dormía la siesta acostada en el sofá. A su lado, un señor leía a la luz del ocaso que se filtraba por la ventana. El hombre parecía absorto en la lectura, pero de cuando en cuando extendía la mano para estirar la sábana que cubría el cuerpo moreno de la mujer, o para retirar del rostro de la durmiente algún rizo que se le atravesaba cuando se movía. Cada vez que el anciano atendía a la joven, ésta hacía un gesto de molestia y más de una vez logró atrapar a ciegas la mano intrusa. Pero al hombre no parecía importarle. Seguía leyendo e interrumpiendo la lectura para acariciar a la mujer.
El hombre se levantó un par de veces para espantar un pájaro que picoteaba la ventana. Lo espantó susurrando, tratando de no despertar a la dama cuyo sueño él guardaba. Y siguió leyendo. Y mientras leía siguió atendiendo con ternura a la mujer. Ella siguió fingiendo dormir aun cuando la lluvia se precipitó estruendosa sobre el edificio. Una vez más el hombre se levantó para cerrar las ventanas y se aseguró de que nada perturbara el sueño de su amada.
El hombre seguía leyendo, y la mujer durmiendo cuando la lluvia cesó por completo y los ruidos del apartamento vecino inundaron el ámbito silencioso de la morena durmiente y su eterno enamorado.
Una mujer gritó "no" y a la protesta le siguieron risas y gritos ahogados que insinuaba una persecución en el apartamento de al lado, y a la persecución siguieron la rendición y la entrega, y a la entrega el placer.
—¿Podrías dejar de hacer tanta bulla de una vez? —la morena arremetió en contra del anciano. Sentía un nudo en la garganta y la furia se reflejaba en sus ojos. El anciano dejó la lectura y la miró confundido. Entonces, sintiendo un dolor agudo en su pecho, sabiéndose no correspondido, contestó: —No sé de qué hablas. El único que está haciendo ruido es el vecino; ¿lo oyes? Parece que lo está pasando bien. El anciano le guiñó un ojo a la morena. Ella se volvió a recostar pero permaneció con los ojos abiertos fijos en el techo. En el apartamento contiguo los vecinos seguían haciendo de las suyas, gritando y gimiendo sin pudor mientras en su apartamento la morena seguía deseando mandar a todo el mundo al carajo. Poco antes de las ocho todo volvió a quedar en silencio. La morena le pidió al señor que fuera al supermercado por un poco de pan para la cena y le dio lo que hacía que él permaneciera cada día a su lado con su lealtad de perro viejo: un beso. A penas el anciano salió a la calle la morena fue al apartamento contiguo. Cuando el vecino abrió la puerta la morena gritó enfurecida: —Me habías prometido no volver a estar con nadie sino conmigo...

miércoles, 26 de febrero de 2014

La insoportable saciedad del vacio

Pueden ustedes llamarme Ismael. Ese es el nombre que siempre deseé tener. Soy un don nadie nacido bajo el signo de piscis: un signo de soñadores melancólicos con muchas ilusiones frustradas. Soy hijo único. Por tanto, al irme de este mundo no quedará nada de mí excepto esta historia.
No tengo muchas cosas que decir; y lo que ahora escribo es lo mismo de principio a fin pero con cierta cantidad de detalles cuyo propósito es aliviar mi alma.
Nunca conocí a mi madre. Ella se marchó de casa cuando yo era tan solo un niño de ocho meses. Todo mi respaldo en la vida fue mi padre y él siempre soñó con verme casado, encabezando una familia feliz. Sin embargo, los sueños no siempre se cumplen.
No soy psicólogo pero sospecho que el abandono de mi madre fue el origen de mi desgracia con las mujeres. Ustedes dirán que estoy loco y que exagero: para ustedes es fácil puesto que siempre han tenido todo.
Pero no le guardo rencor a mi madre. Es más, la perdoné antes de saber que moralmente tenía el derecho a reprocharle cualquier cosa. Y lo hice porque muy pronto en mi vida descubrí que no hay nada mejor y más bello que la mujer.
La primera dama que me hechizó con su encanto no era guapa en realidad, pero era una de las pocas chiquillas de mi aldea que podían tener más o menos mi edad. Así que sin saber cómo me enamoré de ella. No obstante, ella no estaba para amores y mis intentos por acercarme hicieron que me rechazara, y que transmitiera su malestar para conmigo a las otras niñas de la aldea y algunas de la escuela. Entonces yo era tan pequeño que no me importó. Pero en quinto grado ya era lo suficiente mayor para sentir coraje y cada vez que una muchacha, como todas, quizás para no sentirse inferior a las demás, me rechazaba, yo buscaba con quien provocar sus celos y demostrarle que no era la única. Pero por lo general, el refugio que había escogido también se tornaba hostil y no quedaba para mi amor un solo rincón donde sentirse bienvenido.
Y la lucha se repitió constantemente hasta la adolescencia cuando empezaron a surgir algunas doncellas que algo debieron ver en mí porque sin que yo las buscara, ellas se acercaban y se entregaban por entero y sin condición aparente. Sin embargo yo no estaba acostumbrado a sus embelesos ni quería acostumbrarme por lo que actuaba como si nada y aquellas mujeres no recibían ni amor ni amistad: sólo placer.
Entonces se corrió la voz entre las mujeres de todas las edades y condiciones, de que conmigo no había ataduras de ninguna clase. Y que mi probada discreción garantizaba una aventura libre de consecuencias desastrosas. Que yo era una especie de amante perfecto.
Cuando lo supe me sentí halagado. Pero una de aquellas insensatas me bajó de la nube gritándome en la cara que yo era el amante perfecto por el simple hecho de que nadie creería que ellas se acostaban conmigo. No sé por qué: sin ser feo ni tonto, al parecer todo el mundo daba por hecho que nadie pondría los ojos en mí.
El día de la graduación fui el único que no llevó novia ni esposa. A pesar de haber buscado entre mis amigas y amantes ocasionales quien me acompañase, todas dijeron tener llena su agenda y no podían compartir uno de los días más importantes de mi vida. Yo lo interpreté como que ninguna estaba dispuesta a sacrificar su imagen pública al lado de un looser como yo.
Fue un día sombrío. Me sentí indignado viendo como desde temprano el teléfono no paró de sonar por las llamadas de aquellas cínicas de vientres voraces y corazones vacíos que me deseaban felicidades, y prometían agasajarme tan pronto nos encontráramos. Yo juré vengarme: cuando nos viéramos las trataría con la mayor vileza que mi dolor pudiera concebir. «Serán, más que nunca; carne de abyección», pensé.
Y mis pensamientos me llevaron por los abismos de la locura interior en la que maquinaba humillarlas sexualmente, satisfaciéndome con ellas como quien se desahoga en un retrete sin detenerse a pensar en nada más que terminar. Y de este delirio pueril mis emociones degeneraron en un rencor sordo y atroz haciéndome desear llevarlas a un lugar apartado como los que su búsqueda de discreción las hacia preferir y ahí acabar con su existencia para que algún día fuesen encontradas en el desamparo de la muerte, como lo que eran, mujeres traidoras e hipócritas, inertes en un cuarto de hotel cual mujerzuelas asesinadas por sus proxenetas; (y me veía a mí mismo sobre ellas, estrangulándolas con mis manos, mirándolas a los ojos, percibiendo en ellos la súplica de frenar la tortura de mis garras, preguntándose por qué estaba sucediendo aquello, buscando en su memoria algún motivo, sin imaginar que día a día, con sus gemidos y arrebatos de lujuria ellas se llevaban en sus entrañas mi dignidad negada por los dioses, después de lo cual yo no era nada para ellas hasta que el deseo volvía a picarles en algún escondrijo de su intimidad.) Y me espanté ante aquellos sentimientos porque yo nunca los había sentido. Con o sin amor, para mí, las mujeres siempre habían sido la máxima creación divina y en todo lo que hicieran me habían dado algo sí. Entonces decidí que lo mejor era tomar lo que me dieran sin ilusionarme ni esperar nada más que el sudor de sus cuerpos, la presión de muslos y los ahogos de su alma.
Por tanto debía ensanchar el número de mis conquistas para no sentirme solo entre un encuentro y otro. Y decidí poner en venta todos los bienes heredados de mi padre para juntar fortuna y recorrer el edén en busca de mujeres, ya no anhelando encontrar una que me amara sino todas cuantas pudiera. Así recorrí el mundo, frecuentando bares, iglesias y escuelas. Todo lugar donde hubiera mujeres era mi hogar y la vida se me fue de cama en cama y de piel en piel; conociendo las culturas de la tierra a través del comportamiento femenino. Y fueron días intensos en un periplo extenuante que me hizo perder la noción del tiempo y nada importaba más que la búsqueda de aquello que seguía faltando en mi corazón. Sin embargo, durante mi viaje alrededor del mundo conocí mujeres que me hicieron considerar quedarme a su lado pero nunca lo hice por temor a que mientras yo intentaba montar campamento en sus vidas, ellas recogieran sus bártulos y me dejaran solo como perro abandonado. Pero hubo una en especial, una encantadora joven de mejillas rosadas y labios mimosos que me invitó a su vida; y estaba dispuesta a apostar su juventud a mi favor, compensando los quince años de diferencia con su amor divino; pero ella y yo no pensábamos igual. Ella miraba hacia delante y yo miraba hacia el pasado. Ella miraba nuestra vida juntos rodeados del amor de hijos y nietos mientras yo recordaba a aquellas sedientas esposas jóvenes casadas con señores ancianos que buscaban consuelo en mi cama y sospeché que alguna vez, tal vez no entonces ni en los diez o quince años venideros, ella también encontraría un Ismael dispuesto a dedicarle el servicio que yo le había brindado a otras. Llegué a quererla tanto que el sólo imaginar aquello me hizo estremecer. Entonces me alejé de ella y seguí mi camino ocupado en la persecución de algo que llenara el vacío de mi vida. Y así fueron pasando los años en una absurda búsqueda aquello que siempre tuve y nunca pude reconocer, hasta ahora que yazgo postrado en esta cama donde me propongo morir y ser encontrado algún día en el abandono de la muerte.

martes, 28 de enero de 2014

El eterno fantasma de la duda

Mi madre y yo siempre fuimos amigos. El hecho de haber sido su único hijo, y de haber vivido solos toda la vida, fortaleció nuestra relación por lo que terminamos siendo mejores amigos.
Nuestra vida fueron dos ciclos: uno en el que ella me cuidaba y daba la vida por mí, y el otro en el que yo hice lo mismo por ella hasta el día de su muerte.
Los últimos días de su vida fueron dramáticos y desgarradores. Su amor de madre le hacía suplicarme que me marchara, que la dejara sola; fingiendo una mejoría que su semblante no aparentaba; y cuando los ataques de asma y dolor la embestían solía evocar momentos divertidos, o contar chistes que la hacían carcajear. Su intención era escamotear sus ahogos debajo de las risas.
Una vez se lo reproché. Le dije que sus intentos me parecían infantiles; y que esa niñería se convertía en terquedad innecesaria, nacida de un pudor u orgullo sin fundamento, pues yo, siendo su hijo, estaba en el deber de cuidarla; y que lo haría con el mayor de los gustos.
—Ni lo uno ni lo otro, querido —me dijo—: es amor de madre.
Me sentí desarmado. Y me remató con una sonrisa en sus labios y una mirada amorosa.
Entonces con la voz quebrada le dije que la amaba. Y le propuse un trato:
—No me mienta: yo tengo que cuidarla porque la quiero y si usted de verdad me ama debe permitírmelo; ¿o acaso desea morir?
Hubo un breve silencio porque los dos sabíamos su final era inevitable y ya estaba a las puertas.
Desde aquel momento cuidarla fue más fácil. Por ese tiempo le dio por contarme anécdotas de su vida. Todo tipo de anécdotas, contadas con una voz grave, susurrando la historia de su vida como si la relatara para sí misma; siempre con la mirada perdida en el horizonte, contemplando el atardecer que de unos días a la fecha venia suplicando ver todos los días.
Por tanto fueron los atardeceres rojizos, emplumados de nubes doradas los que me hicieron extrañarla sobremanera cuando ya ella se había ido de este mundo; y era a la sombra del ocaso cuando más grande me resultaba su ausencia. Una tarde de aquellas, cuando su ausencia desbordó mi existencia, decidí ir a buscarla al cementerio, arrastrándome con mi alma apesarada hasta su tumba, gimoteando cabizbajo, y solo hasta llegar a su tumba mi alma encontró consuelo. Y lo encontró porque tan pronto me planté frente a su tumba entablé un monólogo plagado de sollozos, imaginaria conversación amena con mi madre, preguntándole si acaso había algo que no me hubiera contando en sus tardes de retrospectiva; y como no recibí respuesta audible fui yo quien le relató a ella lo que imaginaba había sido su vida en ciertas épocas, que no habían sido mencionadas en su recuento. Y seguí conversando con ella por el resto de la tarde, hasta que la vida quedó expuesta y relatada por nosotros y ya no quedó más que decir. Entonces me tendí sobre su tumba, soñando que me arrullaban sus brazos. Solo entonces ella me habló cosas que aún permanecen confusas en mi mente porque al despertar no pude recordar nada.
Cuando abrí los ojos ya era tarde, la oscuridad que reinaba a mí alrededor era casi tan densa que no podía ver más allá de “un tiro de piedra” y el silencio era aterrador. Era un silencio tan inquieto que daba miedo. Y fue mayor al descubrir que mis manos estaban juntas con los dedos entrelazados, como las tuvo mi madre cuando la colocamos en el ataúd. Entonces me acordé de ella. Y sufrí al contemplar la soledad y abandono en que se encontraba su cuerpo. Y una vez más lloré por ella, lloré sobre su tumba, aferrándome a su lápida, magreando entre mis manos pétalos de flores y hierba, sin poder hacer nada para calmar aquel deseo imperioso de llevarme a mi madre a casa porque no deseaba dejarla sola en aquella noche tenebrosa, tan muda y macabra.
—No se puede —dijo una voz atrás de mí, como si adivinara lo que pasaba por mi mente y se anidaba en mi alma.
Entonces el corazón me dio un brinco desbocado y empezó a latir acelerado; y en menos de lo que toma leer la palabra “miedo” pasaron por mi mente una infinidad de pensamientos que clasificaron aquella voz como la de un panteonero que disfruta su trabajo, o como la de un intruso saqueador de tumbas, o incluso la de un fantasma sincero y frio diciéndome la amarga verdad de la imposibilidad de la convivencia entre vivos y muertos.
Entonces al voltearme, mis ojos se toparon con la imagen de un anciano que caminaba vestido con ropas de color claro; blancas quizás, arrastrando sus pasos sin hacer ruido y con la mirada fija hacia adelante, dejando un pútrido aroma a su paso…
—Buenas noches —dije, sintiéndome avergonzado porque me había escuchado llorar como un niño, y aterrado por la imagen que proyectaba su presencia.
El anciano se detuvo por un breve momento y cuando yo estaba a punto de volver a lo mío, escuché su voz grave, como la de mi madre cuando me contaba las anécdotas de su vida:
—Ya regreso.
Una vez más tuve miedo y sentí como todos los vellos de cuerpo se erizaron.
“Es mejor que me vaya”, pensé. Y me volví hacia la tumba de mi madre para despedirme. Cuando volví la mirada hacia el camino por donde el anciano caminaba vi que él ya no estaba. Así que me sentí más seguro de tomar el mismo sendero. Cuando ya lograba vislumbrar la sombra de la puerta principal del cementerio, el mismo anciano volvió a aparecer ante mis ojos pero más cerca que antes. Entonces lo vi caminar con los pies sobre la tierra como caminan los mortales, y tuve valor de hablarle con la intención de contarle la divertida ocurrencia de haber creído que era un fantasma.
—Se me hizo tarde — dije.
El anciano no respondió y solo se detuvo un poco para luego reanudar su camino. Consideré oportuno un nuevo intento de conversación y nada mejor que el morbo del temor popular a los cementerios: — ¿No le da miedo andar por el cementerio a esta hora?
Solo entonces el anciano me dio una respuesta que dio por terminado mi deseo de platicar: —Solo un poco, cuando estaba vivo; pero ahora ya no.

NOTA
Relato escrito como ejercicio del mes para el grupo Adictos a la Escritura. Esta es una adaptación literaria de una de las leyendas urbanas mas contadas en Honduras. Si alguna vez vienen a Honduras, pregunten a quien le sucedió lo que en este relato se describe y no faltara quien les narre una historia diferente pero con el mismo desenlace...